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A manera de perfil.
Daniel Márquez Soares
mpotrada a 2800 metros de altura,
Quito ha sido siempre una de las ciudades más hermosa y hermética de América Latina.
En ella hay un barrio bohemio que ha sido la excepción: La Mariscal. Durante décadas,
la vida nocturna se concentró entre sus calles. Bares, librerías, discotecas,
restaurantes y hostales le dan una atmósfera distinta a éste rincón de la
ciudad. Aventureros y refugiados extranjeros han colocado allí sus negocios. La industria
turística ha depositado docenas de hostales y ha atraído a un sinfín de viajeros
que, con barba y mochila, atracan unas cuantas noches en La Mariscal. En medio de éste barrio,
Javier Vásconez tiene su morada.
En una esquina, se encuentra la casa del escritor. Tras unos altos muros cubiertos de hiedra, hay un jardín extrañamente poblado de árboles y flores. Vásconez ha declarado, más de una vez, que ama las ciudades, los jardines y el mar. La casa es grande, y todo en ella, la decoración, los árboles detrás de las ventanas, poseen la atmósfera, el recogimiento de una melancólica casa quiteña. El estudio del escritor está en el segundo piso.
Cuando uno pone un pie en su estudio, lo que más llama la atención son las estanterías atiborradas de libros. Desde clásicos en idiomas extranjeros, hasta producciones de autores recientes, se pueden encontrar en la biblioteca de Vásconez. El material de las repisas despertaría la envidia de más de un letrado y, sin duda, los bajos instintos de un ladrón de libros. Lo más sorprendente es que se los ha leído todos. Es casi imposible cogerlo desprevenido con respecto a un nuevo autor o a una novela reciente. Así, el quiteño forma parte de esa especie en extinción: la de los escritores que leen más de lo que escriben y que suelen estar al tanto de lo que sucede en el mundo de las letras.
Apostadas junto a los libros, hay docenas de fotos y postales. La mayoría son en blanco y negro. Familiares, amigos, fotos de alguna ciudad y del escritor. Cada una encierra una persona, un lugar o un momento que lo marcó. En ellas se puede observar otra faceta de Vásconez: el viajero. Observando sus fotos, o conversando con él sobre sus viajes, uno entiende porqué logró dar ese salto que lo convirtió en ciudadano y escritor del mundo.
Sus editores y correctores resaltan siempre su condición de "profesional". En un país donde muchos manuscritos suelen quitarle el sueño a los encargados de revisarlos, Vásconez tiene fama de minucioso, de exigente y de perfeccionista al momento de escribir. "Soy un auténtico maniático con las palabras, porque éstas siempre le juegan a uno malas pasadas," dice.
Vásconez es un escritor chapado a la antigua. Sobre su escritorio descansa una computadora iMac. Pero todo es un engaño. Vásconez no escribe en computadora, ni a máquina, lo hace a mano. Atesora todos sus manuscritos. En unos grandes cuadernos, donde da a luz sus creaciones, se observa su intrincada letra y una proliferación casi obsesiva de tachones y correcciones. La computadora le sirve para corregir y leer el correo electrónico y enterarse de novedades literarias.
Regadas por aquí y por allá, se encuentran películas. Muchas películas. Junto a una cama de hierro, hay una televisión y un lector de DVD. Vásconez define al cine como su "segundo arte". "A veces pienso que sólo es un espectáculo", dice. Confiesa que algunos detalles que observa en la actuación de los personajes, pueden ser una herramienta para él.
Las personas que lo conocen suelen catalogar a Javier Vásconez como un hombre "especial", con cierto aire aristocrático: En general, es un gran conversador, pero prefiere charlar de literatura, de cine y de viajes.
De su boca suelen salir afirmaciones polémicas. En una entrevista con el diario El País afirmó que los ecuatorianos eran "invisibles". Al hablar con el escritor es inevitable sentir una aura de inconformidad. Vásconez habla siempre con nostalgia de la vitalidad y la energía de otros países, de otras ciudades. Al parecer, en el ritual de escribir consigue liberarse de esa aura de melancolía y fatiga que inunda a Quito y contagia inexorablemente a todos sus habitantes.
El escritor afirma: "Vivir en Quito desgasta y es un verdadero desafío habitar a estas alturas". Quizás, en esa energía yace el secreto de Vásconez. Quizás, esa lucha perpetua y ese exilio interminable lo ha convertido en el escritor que es.
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