Como escritor y sońador de ficciones, me gusta creer que soy un aventurero empedernido, alucinado, no tanto por las historias que he debido contar - sin duda cristalizadas en el tiempo -, sino por el hábito contagioso, agónico, de estar cada día en contacto con las palabras. No obstante, no deja de causarme asombro la sensación de impotencia y a la vez de enajenación que las palabras producen en un escritor. Es igual que navegar por un mar desmesurado, tan agitado y avasallador como un sueńo, siguiendo las huellas de quienes me han precedido en el complejo arte de escribir. Todo escritor sostiene una relación dudosa y conflictiva con su lengua, pero sobre todo es la mano segadora que aparta la contaminación y la hojarasca del camino.

Javier Vásconez